Nació en Asturias, España, donde las casitas rurales son cómodas y sin preguntar por tu hambre, los vecinos te brindan comida y te regalan cariño. Esa paz que se respiraba en el aire asturiano, tal vez la quiso perennizar en su vida y por eso se hizo sacerdote, ingresando a la Orden del Sagrado Corazón; aquellos hombres que soñaban con establecer una comunidad religiosa, dedicados únicamente a continuar el trabajo de Cristo, reconstruyendo el mundo en un reino de justicia y amor.
Pero esa paz no era la misma que respiraban los campesinos de aquel país que aparecía en las noticias desde muchos años atrás. Y los periódicos reflejaban las caras de unos muchachos en guerra, y en ellos también estaba el rostro de Dios; eran solo niños y niñas, en lucha contra el hambre, en búsqueda de vida, disparándole esperanzas a la miseria. Nicaragua, ¡qué lejano parecía!; había que cruzar el océano y andar por todos los caminos conocidos por Dios. Pero era allá donde quería ayudar, allá quería salvar la situación de la única forma que podía ocurrírsele: de manera cristiana.
Con su misión de paz y amor, se fue de Asturias. Nada más llegar a Nicaragua, el oprobio, la injusticia, la vergüenza, la miseria y el hambre le tocaron la fe y se la hicieron más grande. ¡Era tan fácil retroceder al ver todo aquello! Y sin embargo, se quedó. Comenzó alfabetizando a los campesinos, en la palabra de Dios y en el alfabeto. Así fueron éstos aprendiendo, con el rosario y la cartilla. A la vez, tenía un centro donde los campesinos recibían conocimientos agrícolas. Gaspar le diría más tarde a un periodista: "me empecé a desalentar al ver que tanto trabajo no servía para nada, que tanta ilusión quedaba en el aire, porque la gente seguía viviendo igual".
A pesar de las desilusiones y desalientos, había que continuar trabajando. Se replanteó sus compromisos y la forma de llevar a cabo su misión; su honestidad y su compromiso con todo un pueblo y con él mismo, lo hicieron integrarse al Frente Sandinista. Conoció todas las armas, no eran muchas de todos modos, pero algo se podía hacer con ellas, aunque también le doliera el enemigo. Y así como antes enseñaba a los campesinos como sembrar, comenzó a enseñarles a manejar el fusil, las tácticas, los explosivos; ¡alguna cosecha habría más adelante!
Pero ser guerrillero era algo duro, unas veces para Martín, para Miguel, para Ángel, pero siempre para Gaspar, el misionero, que llevaría hasta el final su misión y cargaría en forma de balas, su cruz. Hace 24 años, el 11 de diciembre de 1978, en Cárdenas, al sur de Rivas y al sur de Nicaragua, pero norte de muchos él mismo, acompañado de Luis Arroyo, Hernán Guzmán, Ricardo Cárdenas y otro compañero, cayó combatiendo Gaspar García Laviana, y desde entonces, el pueblo lo lleva en su misma entraña, y como diría Leonel Rugama: "ya platicamos, ahora vamos a vivir como los santos".
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